No sé cómo me quedé dormido; sólo recuerdo que me despertaron las hormigas.
Ignoro si llegué caminando o si me trajo en los brazos el cansancio, hasta dejarme desparramado sobre este pedazo de tierra. De lo que estoy seguro es de venir huyendo de Joaquín Valdívar. Me perseguí por lo que le había hecho a su hija, pero sigo creyendo que ella tuvo la culpa; por ser tan inocente, por no haberse atrevido a gritar.
Desde niña llamaba la atención, por sus ojos de estrella color a tierra. Era tranquila y sus caderas eran insinuaciones de la mujer en la que se estaba convirtiendo. Le creció el pelo ondulado y conforme pasaban los años el balcón de sus ojos se hacía más profundo. Cuando llegó a la edad de ser mujer era ya la más hermosa que cualquiera, incluso su padre, hubiera visto.
Era sabido el deseo de muchos por quedarse con ella; el que yo la quisiera más que todos los demás, era cosa que me guardaba. Siempre ha habido lugar y tiempo para todo, menos para nosotros. Yo estaba muy viejo, muy curtido, ella, en cambio, era una flor nacida en tierra ingrata, un frágil tallo cualquiera podría permitirse cortar.
Me había resignado a que el tiempo me llevara entre suspiros. Hasta una noche donde se me apareció en sueños. Venía de blanco y se acercaba despacio, flotando; metió su mano en mi pecho y estrujó mi corazón, mientras murmuraba palabras que no eran suyas. “Para seguir siendo tienes que cruzar las fronteras de la vida” dijo y se fue como cada noche, con el hilo de mis sueños. Desperté agitado y comencé a pensar que si ella no era mía por gusto, lo sería, cuando menos una vez, por la fuerza.
Así pensaba cuando fui a verla. Me gusta echarle la culpa al viento caliente que me azotaba el rostro; si hubiera ido cualquier otro día, me hubiera acobardado pero el calor de la tierra suelta se me subía al corazón y me hacía avanzar. Tardé muy poco en llegar a casa de los Valdívar y cuando lo hice la encontré vacía, salvo por ella. Me recibió como si estuviera allí por su padre, me dijo que con ella le podía dejar recado pero no me invitó a pasar; hacía bien, a lo mejor la inundaba el presentimiento.
Tomé su mentón y apreté su mandíbula. La miré a los ojos y le dije tanto con mi silencio. Ella supo leer los matices de la nada, lo entendí cuando entre el miedo de sus ojos noté un poco de ternura. Pero el miedo no se iba, tampoco mis ganas por ella.
Poco a poco nos metimos en la casa, en un baile de forcejeos, hasta que logré ponerla contra un rincón. Ya sentía el sabor de su piel, ya acariciaba su pierna, ya subía por su falda, ya escuchaba ladrar los perros.
El deseo por mujer no se terminó, pero quiso más el deseo por la vida. Salí aprisa y me perdí entre la maleza. En ese momento no creí que le contaría a su padre sobre lo que no le hice; nunca contaba nada de lo que tantos otros le decían. Supe que me había equivocado cuando escuché, otra vez, el ladrido de los perros; nunca había sentido el destierro tan cerca ni mi casa tan lejos. Me fui, caminando, por el camino más cansado que había.
Aprendí a correr en ese día. Con Joaquín chupando las heridas que mis pies dejaban. Corría por las cicatrices abiertas en los montes, donde la única vegetación era la muerta, la amarilla agonizando con el sol. Tierra de piedras y espinas. Madre mía y de todas mis desgracias. El calor muerto estaba bajo cada grieta, siguiéndome junto con el viento traidor de las despedidas. La tierra se convertía a cada soplo en algo de polvo que se iba tragando mis pasos.
La lengua del sol lamía en un último movimiento las rajaduras que el temporal le había desenterrado a mi alma. Las espinas, lo único verde entre estos cerros, hacían presa de mi andar, cada vez más lento, cada vez más resignado. A golpes de momento fui cayendo en el silencio sin dejar de caminar; seguí, por entre los surcos grises hasta dar con el amanecer. Pero el sol renovado a mis espaldas no trajo nada, ni viento ni colores nuevos, sólo la burla intensa de la luna que se negaba a abandonar el cielo. El olvido me fue encontrando entre las rocas y por un momento me pregunté de que huía, volteé al cielo para preguntarles a los de arriba y encontré entre las nubes su sonrisa, miré el rastro de mis pasos por el viento y recordé que era morena y vi las sombras del mezquite y su pelo volvió a golpear mis recuerdos. Volví a saber cuál era la razón de ser tan miserable.
Seguí con el único paso que mis pies ruinosos aguantaban, lo hice hasta caer en la inconsciencia y aún después seguí caminado, atravesando los callos del mezquite y el nopal, bebiendo el agua de los fuegos.
Cuando desperté ya estaba aquí, embarrado, con las hormigas comiéndose mi boca.
26 ene 2010
22 dic 2009
Los rasguños en la pared
Lo primero que escuchó fue la ausencia de las aves.
Era ya tarde en la mañana y dónde debería de estar el chillido sin fin de alas raídas estaba únicamente el silencio profundo e interminable de los árboles y el viento. Los perros, en contra de su habito de recostarse sobre la hierba a recibir el sol como grandes lagartos amaestrados, estaban inquietos, moviendo el rabo con ansiedad pero silenciosos, casi al acecho. Hasta las hierbas tenían un aspecto extraño, lucían apagadas como si, por primera vez en mucho tiempo, lamentaran no poder correr, no poder esconderse.
Mamá había salido temprano, el sol todavía no reventaba y ella ya estaba lista para irse. Él se levantó también temprano, lo suficiente como para recibir de su madre el desayuno y una apresurada despedida; se quedó esperando que volviera mientras veía cómo pasaban los minutos en las hojas de los árboles y en las sombras de las piedras.
Después de una hora se había aburrido de esperar y decidió encender la televisión, cómo seguía siendo muy temprano sólo encontró programas para bebés; ya era niño grande, o cuando menos sabía fingir que lo era, así que unas arrugas aparecieron en su frente, y así, con arrugas y enojo, se puso a ver los programas que, según decía, le fastidiaban.
Los soles morían y dejaban otros a su paso por el viento, mientras él disfrazaba su espera con risas y luces. No pasó mucho cuando escuchó sonidos sobre su cabeza. Rasguños en las paredes y en el techo que se parecían a los que en las noches frías hacen mil muertos implorando algo de calor, una cobija, una piel de mujer, un trago de aguardiente, unos cuantos recuerdos. Procuraba no pensar en ellos, intentaba darles otras garras a esos chirridos, las de los pájaros de invierno que llegaban a su casa a hacer nidos de una sola estación pero ya antes había notado que los pájaros no estaban, ni sobre el techo ni sobre la hierba, pensó entonces en los gatos pero estos se esfumaron cuando escuchó los balbuceos.
Un escalofrío lo estremeció, ya antes había percibido esos ruidos. Había sido un año atrás, cuando aún dormía junto con sus padres en una noche tan fría que los muertos ni siquiera se molestaban en moverse. Había visto la sombra de una muñeca de tela moverse sobre el tejado y por una ventana entreabierta la había oído mientras conspiraba junto con la luna.
Tenía miedo, eso había sido un año atrás y la muñeca se había perdido en otra casa, se había encargado de que así fuera, pero los rasguños decían ora cosa y los mil balbuceos lo llamaban escaleras arriba, eran palabras como imanes, como hierro candente que fascina a los pequeños que pronto aprenden a no mirarlo.
Huyendo de lo que sabía, subió las escaleras y abrió de manera tímida la pesada puerta del cuarto de sus padres. Deseaba, con más fuerzas de las que tenía, estar equivocado, pero también hacía un nudo con sus tripas. El ruido era tan familiar que no había espacio para dudas.
Asomó su cabeza y lo vio, sentado sobre la cama, inerte y con la mirada fija en ninguna parte, como si estuviera muerto; allí estaba aquel hombrecillo blanco, con los ojos secos como trapos y los dientes largos como azadones, esperando, esperándolo.
Poco a poco cerró la puerta, correr era inútil. Apretó los labios, hundió los ojos y esperó; sólo conocía el presentimiento y no podía hacer más que resignarse.
Era ya tarde en la mañana y dónde debería de estar el chillido sin fin de alas raídas estaba únicamente el silencio profundo e interminable de los árboles y el viento. Los perros, en contra de su habito de recostarse sobre la hierba a recibir el sol como grandes lagartos amaestrados, estaban inquietos, moviendo el rabo con ansiedad pero silenciosos, casi al acecho. Hasta las hierbas tenían un aspecto extraño, lucían apagadas como si, por primera vez en mucho tiempo, lamentaran no poder correr, no poder esconderse.
Mamá había salido temprano, el sol todavía no reventaba y ella ya estaba lista para irse. Él se levantó también temprano, lo suficiente como para recibir de su madre el desayuno y una apresurada despedida; se quedó esperando que volviera mientras veía cómo pasaban los minutos en las hojas de los árboles y en las sombras de las piedras.
Después de una hora se había aburrido de esperar y decidió encender la televisión, cómo seguía siendo muy temprano sólo encontró programas para bebés; ya era niño grande, o cuando menos sabía fingir que lo era, así que unas arrugas aparecieron en su frente, y así, con arrugas y enojo, se puso a ver los programas que, según decía, le fastidiaban.
Los soles morían y dejaban otros a su paso por el viento, mientras él disfrazaba su espera con risas y luces. No pasó mucho cuando escuchó sonidos sobre su cabeza. Rasguños en las paredes y en el techo que se parecían a los que en las noches frías hacen mil muertos implorando algo de calor, una cobija, una piel de mujer, un trago de aguardiente, unos cuantos recuerdos. Procuraba no pensar en ellos, intentaba darles otras garras a esos chirridos, las de los pájaros de invierno que llegaban a su casa a hacer nidos de una sola estación pero ya antes había notado que los pájaros no estaban, ni sobre el techo ni sobre la hierba, pensó entonces en los gatos pero estos se esfumaron cuando escuchó los balbuceos.
Un escalofrío lo estremeció, ya antes había percibido esos ruidos. Había sido un año atrás, cuando aún dormía junto con sus padres en una noche tan fría que los muertos ni siquiera se molestaban en moverse. Había visto la sombra de una muñeca de tela moverse sobre el tejado y por una ventana entreabierta la había oído mientras conspiraba junto con la luna.
Tenía miedo, eso había sido un año atrás y la muñeca se había perdido en otra casa, se había encargado de que así fuera, pero los rasguños decían ora cosa y los mil balbuceos lo llamaban escaleras arriba, eran palabras como imanes, como hierro candente que fascina a los pequeños que pronto aprenden a no mirarlo.
Huyendo de lo que sabía, subió las escaleras y abrió de manera tímida la pesada puerta del cuarto de sus padres. Deseaba, con más fuerzas de las que tenía, estar equivocado, pero también hacía un nudo con sus tripas. El ruido era tan familiar que no había espacio para dudas.
Asomó su cabeza y lo vio, sentado sobre la cama, inerte y con la mirada fija en ninguna parte, como si estuviera muerto; allí estaba aquel hombrecillo blanco, con los ojos secos como trapos y los dientes largos como azadones, esperando, esperándolo.
Poco a poco cerró la puerta, correr era inútil. Apretó los labios, hundió los ojos y esperó; sólo conocía el presentimiento y no podía hacer más que resignarse.
9 sept 2009
Batallas entre la lluvia
Afuera el agua cae a cántaros, pero lo que escucho no es el agua cayendo, no, lo que escucho son los pasos de un ejército que avanza por las estrechas calles de mi reino que se extiende a algo así como un metro de mi casa.
Escucho las botas chocar contra el piso y escucho sus pasos, sincronizados pero no tanto. Los escucho marchar, organizados y valientes, quizá alguno tenga una esposa y viene con la ilusión de conseguir honor e historias de valentía. Escucho a sus pies que hacen temblar el suelo y escucho también a sus caballos que marchan junto a ellos y cuyos pasos se funden a veces con lo de sus amos. Los escucho marchar por las calles, con un rumbo que desconozco y que no me importa demasiado; y no me importa porque una muerte es una muerte donde sea y un valiente es un valiente donde sea.
La lluvia cae con mayor prisa y mi ejército acelera el paso. Las gotas de agua son más gruesas y mis soldados pisan con más fuerza. Y cae un rayo y le sigue un trueno y los cañones de los tanques son lo único que escucho. Un resplandor ilumina mis ventanas y han alcanzado a mi ejército y la lluvia acelera su paso y ahora todo es el sonido de ametralladoras y los rayos caen y los truenos vienen y las granadas detonan y el honor y la valentía se van con las esquirlas y las piezas de metralla.
Ahora los pasos son desorganizados, ya no son pasos de hombres, son de bestias y ya no es una marcha por el honor y la valentía, es una estampida por conservar la vida y mis hombres se van por las calles de mi reino y la lluvia cae sobre la sangre de los muertos, les limpia la cara y las ropas y la bayoneta y toma su lugar en el ejercito que poco a poco se convierte en el sonido del agua cayendo sobre las hojas y los charcos.
La lluvia va parando y frente a mi ventana no pasa un ejército sino una caravana de vencidos, un desfile de mutilados del honor y la justicia y la lluvia agoniza y las gotas son pesadas y los cuerpo caen en las banquetas y sobre las aceras pero los pasos a pesar de ser escasos, cada vez más, siguen siendo fuertes y la marcha de los derrotados sigue teniendo ese espíritu y olor a lluvia y, sobre los cielos lacrimosos aparece una luz blanca que parece sonreírnos, a mí y a mi ejercito moribundo, y parece apoyarnos y cuando la última gota cae y el último soldado se desvanece nada ha cambiado y todo me parece una de esas noches nubladas de verano.
Escucho las botas chocar contra el piso y escucho sus pasos, sincronizados pero no tanto. Los escucho marchar, organizados y valientes, quizá alguno tenga una esposa y viene con la ilusión de conseguir honor e historias de valentía. Escucho a sus pies que hacen temblar el suelo y escucho también a sus caballos que marchan junto a ellos y cuyos pasos se funden a veces con lo de sus amos. Los escucho marchar por las calles, con un rumbo que desconozco y que no me importa demasiado; y no me importa porque una muerte es una muerte donde sea y un valiente es un valiente donde sea.
La lluvia cae con mayor prisa y mi ejército acelera el paso. Las gotas de agua son más gruesas y mis soldados pisan con más fuerza. Y cae un rayo y le sigue un trueno y los cañones de los tanques son lo único que escucho. Un resplandor ilumina mis ventanas y han alcanzado a mi ejército y la lluvia acelera su paso y ahora todo es el sonido de ametralladoras y los rayos caen y los truenos vienen y las granadas detonan y el honor y la valentía se van con las esquirlas y las piezas de metralla.
Ahora los pasos son desorganizados, ya no son pasos de hombres, son de bestias y ya no es una marcha por el honor y la valentía, es una estampida por conservar la vida y mis hombres se van por las calles de mi reino y la lluvia cae sobre la sangre de los muertos, les limpia la cara y las ropas y la bayoneta y toma su lugar en el ejercito que poco a poco se convierte en el sonido del agua cayendo sobre las hojas y los charcos.
La lluvia va parando y frente a mi ventana no pasa un ejército sino una caravana de vencidos, un desfile de mutilados del honor y la justicia y la lluvia agoniza y las gotas son pesadas y los cuerpo caen en las banquetas y sobre las aceras pero los pasos a pesar de ser escasos, cada vez más, siguen siendo fuertes y la marcha de los derrotados sigue teniendo ese espíritu y olor a lluvia y, sobre los cielos lacrimosos aparece una luz blanca que parece sonreírnos, a mí y a mi ejercito moribundo, y parece apoyarnos y cuando la última gota cae y el último soldado se desvanece nada ha cambiado y todo me parece una de esas noches nubladas de verano.
13 ago 2009
Los gemidos del placer
La luna sentada en su trono negro observa como esta noche su bufón favorito sale a comer.
Se abriga en su piel de bestia, desenvaina sus garras y se va corriendo por el bosque en busca de una presa, humana o animal, no importa ya que el matar es lo que lo motiva,
A su paso el bosque lo detiene y lo lastima, todas y cada una de las ramas se transforman y ahora son como largos y afilados dedos que se enganchan a su pelo y a su piel, como pidiendo urgidos algo de su carne y su sangre, como si ellos también estuvieran hambrientos y deseosos de salir de cacería.
El tapete de hojas y raíces cruje bajo cada uno de sus pasos, llenando de temor los corazones de las estrellas que aunque inocentes, están obligadas por su ama a ver un espectáculo al cual aun temen a pesar de conocerlo.
La lujuria de la sangre se va acercando cada ves más, paso a paso, y se hace presente en la bajo el disfraz de una respiración, profunda, agitada, grotesca y animal. La respiración se transforma lentamente en un jadeo que acaba rodeando todo, un jadeo que sólo va en busca de una presa fresca y dulce que resulte ser una joven mujer que hechizada por el frío encanto de la luna salió para apreciarla mejor, ignorando que el diamante de ese terciopelo negro reclama ver su muerte y beber cuando menos un poco de sus sangre.
No pasa mucho para que la luna vea parcialmente satisfechos sus apetitos. La bestia ya ha divisado a su presa el hipnotizado por la blancura de su piel se abalanza sobre ella. Las uñas arañan la delgada piel, comienzan con la del rostro. La bestia le ha quitado el equilibrio y la mujer ahora yace sobre el suelo; la mira a los ojos y la saborea mientras que su hocico abierto emana saliva, que cae sobre su cuello y rebla hasta mojar el cálido vestido que cubre los delicados senos de su víctima. Al verla a los ojos ve la inocencia, ve el terror y distingue a lo lejos que esta mujer es como una delicada florecilla silvestre y que no va resistir mucho sufrimiento. No se resiste y baja la cabeza, y le lame el brazo como si fuera un perro faldero. El sabor de aquella suave piel es excitante y sin poderse contener clava los dientes en el brazo, perforando la piel y saboreando la sangre; ella grita e intenta patalear y como castigo la muerde en el muslo y la pantorrilla, ella sigue pataleando y él la muerde más profundo, ella sigue intentando resistir, ahora con el brazo que sigue intacto y ahora la muerde en el hombro, intentando arrancarlo y obteniendo parciales resultados. Ella se desmaya, no resistió mucho.
El sabor de la sangre y los gritos lo han excitado, a él y a la luna que gime por más. No logra contenerse y con los dientes desgarra el fino vestido y las ropas bajo este, develando a la impúdica meretriz que había a unos cuantos centímetros de aquella apariencia inocente. La viola mientras bebe su sangre y mordisquea los pedazos que consiguió arrancar; la luna grita y gimotea en medio de espasmos orgásmicos y mientras las estrellas se miran unas a otras preguntándose, sólo con la mirada, si serán capaces de soportar otra noche como esa la bestia continua dándose placer y escuchando o creyendo escuchar en cada contracción un gemido, de dolor o de placer, de su víctima inconciente.
La bestia está acabando y muerde uno de los senos, perforando la piel y disfrutando del renovado sabor a sangre tibia. Acaba y su semen queda repartido entre la tierra y la perra que yace desfallecida. Sigue excitado; muerde el vientre y entra a devorar las entrañas mientras la víctima sufre los que serán los últimos latidos de su corazón. Se traga los intestinos, disfruta del estomago, revienta los pulmones sólo por escuchar el sonido del aire escapando y al ver que el corazón tiene el atrevimiento de seguir latiendo va directamente al cuello para disfrutar de los últimos momentos de vida y placer.
Con el silencio todo acaba. Las piscinas de sangre están iluminadas por un tenue reflejo blanco, la hierba es ahora roja y húmeda y la tierra tiene un seco tono carmesí. El cuerpo se encuentra destrozado, pero el rostro queda intacto salvo un tenue rasguño en la mejilla.
Los ojos, con una expresión de serenidad que contrasta con el violento color de su pelo buscan en el cielo a la luna tratando de encontrar aprobación. Encuentra a la luna desvanecida a causa de la excitación y húmedo por los orgasmos múltiples así que se despide con un aullido, teniendo una ligera certeza de que ha sido un buen espectáculo.
*****
A veces amo lo que escribo
Se abriga en su piel de bestia, desenvaina sus garras y se va corriendo por el bosque en busca de una presa, humana o animal, no importa ya que el matar es lo que lo motiva,
A su paso el bosque lo detiene y lo lastima, todas y cada una de las ramas se transforman y ahora son como largos y afilados dedos que se enganchan a su pelo y a su piel, como pidiendo urgidos algo de su carne y su sangre, como si ellos también estuvieran hambrientos y deseosos de salir de cacería.
El tapete de hojas y raíces cruje bajo cada uno de sus pasos, llenando de temor los corazones de las estrellas que aunque inocentes, están obligadas por su ama a ver un espectáculo al cual aun temen a pesar de conocerlo.
La lujuria de la sangre se va acercando cada ves más, paso a paso, y se hace presente en la bajo el disfraz de una respiración, profunda, agitada, grotesca y animal. La respiración se transforma lentamente en un jadeo que acaba rodeando todo, un jadeo que sólo va en busca de una presa fresca y dulce que resulte ser una joven mujer que hechizada por el frío encanto de la luna salió para apreciarla mejor, ignorando que el diamante de ese terciopelo negro reclama ver su muerte y beber cuando menos un poco de sus sangre.
No pasa mucho para que la luna vea parcialmente satisfechos sus apetitos. La bestia ya ha divisado a su presa el hipnotizado por la blancura de su piel se abalanza sobre ella. Las uñas arañan la delgada piel, comienzan con la del rostro. La bestia le ha quitado el equilibrio y la mujer ahora yace sobre el suelo; la mira a los ojos y la saborea mientras que su hocico abierto emana saliva, que cae sobre su cuello y rebla hasta mojar el cálido vestido que cubre los delicados senos de su víctima. Al verla a los ojos ve la inocencia, ve el terror y distingue a lo lejos que esta mujer es como una delicada florecilla silvestre y que no va resistir mucho sufrimiento. No se resiste y baja la cabeza, y le lame el brazo como si fuera un perro faldero. El sabor de aquella suave piel es excitante y sin poderse contener clava los dientes en el brazo, perforando la piel y saboreando la sangre; ella grita e intenta patalear y como castigo la muerde en el muslo y la pantorrilla, ella sigue pataleando y él la muerde más profundo, ella sigue intentando resistir, ahora con el brazo que sigue intacto y ahora la muerde en el hombro, intentando arrancarlo y obteniendo parciales resultados. Ella se desmaya, no resistió mucho.
El sabor de la sangre y los gritos lo han excitado, a él y a la luna que gime por más. No logra contenerse y con los dientes desgarra el fino vestido y las ropas bajo este, develando a la impúdica meretriz que había a unos cuantos centímetros de aquella apariencia inocente. La viola mientras bebe su sangre y mordisquea los pedazos que consiguió arrancar; la luna grita y gimotea en medio de espasmos orgásmicos y mientras las estrellas se miran unas a otras preguntándose, sólo con la mirada, si serán capaces de soportar otra noche como esa la bestia continua dándose placer y escuchando o creyendo escuchar en cada contracción un gemido, de dolor o de placer, de su víctima inconciente.
La bestia está acabando y muerde uno de los senos, perforando la piel y disfrutando del renovado sabor a sangre tibia. Acaba y su semen queda repartido entre la tierra y la perra que yace desfallecida. Sigue excitado; muerde el vientre y entra a devorar las entrañas mientras la víctima sufre los que serán los últimos latidos de su corazón. Se traga los intestinos, disfruta del estomago, revienta los pulmones sólo por escuchar el sonido del aire escapando y al ver que el corazón tiene el atrevimiento de seguir latiendo va directamente al cuello para disfrutar de los últimos momentos de vida y placer.
Con el silencio todo acaba. Las piscinas de sangre están iluminadas por un tenue reflejo blanco, la hierba es ahora roja y húmeda y la tierra tiene un seco tono carmesí. El cuerpo se encuentra destrozado, pero el rostro queda intacto salvo un tenue rasguño en la mejilla.
Los ojos, con una expresión de serenidad que contrasta con el violento color de su pelo buscan en el cielo a la luna tratando de encontrar aprobación. Encuentra a la luna desvanecida a causa de la excitación y húmedo por los orgasmos múltiples así que se despide con un aullido, teniendo una ligera certeza de que ha sido un buen espectáculo.
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A veces amo lo que escribo
6 ago 2009
hoy
Espera, para un segundo y escucha, presta mucha atención, olvídate de todo, hasta del corazón que no para de latir. ¿Lo escuchas? El sonido de la soledad: el silencio, es hermoso. Abre un poco los ojos, tan solo un poco y míralo, el color de la melancolía no es negro, ni gris, es blanco. Todo esta por fin en calma, no hay personas ni animales, ni siquiera el molesto corazón, por fin es un día donde nadie se acuerda de mí.
Todo en calma, nada que se interponga entre el olvido y yo, me siento ligero, vacío, cada vez, cada día, cada latido estoy mas cerca de ser un fantasma y estoy seguro que cuando por fin todos se vayan podré estar en paz, hacer lo que se me plazca, ir a donde yo guste; como un espectro invisible pasearme por los lugares donde la gente ya no pasea, ir y venir siguiendo al viento como si fuera un errante trozo de papel.
Podría convertirme en viento a acurrucarme en las copas de los árboles, podría se nube y espiar a las aves en sus nidos o podría ser sombra y dormir todo el día sin esperar a la noche. Podría simplemente olvidarme de todo, de mi dignidad y falso orgullo o de mis mascaras y apariencias, podría ir y matar sin miedo a que alguien se decepcionara o acurrucarme en los brazos de alguna mujer anónima buscando algo de compasión. Podría colgarme de mi ventana y fingir que estoy dormido a sabiendas de que a nadie le importaría. Podría estar contento y orgulloso de dejar una tumba sin lapida y un entierro sin flores.
Podría ir y venir olvidado todo lo que se supone que aprendí, olvidado si tengo dudas, olvidado que hubo algunos amigos o un padre o una madre o un perro malagradecido. Podría olvidar que estoy vivo y simplemente quedarme bajo un árbol acostado sobre la hierba esperando hasta que olvide que estoy muerto y vuelva a caminar.
O algún día podría olvidar lo hermoso que es ser olvidado y podría simplemente recordarlo todo y esperar ser recordado y al ver que ya nadie lo hace podría en verdad doler toda la soledad a mí alrededor y podría llora e ir por las calles como un perro herido que se detiene de vez en cuando a lamer sus heridas y podría ser patético y humano, pero no hoy, hoy por alguna razón me olvido de todos ellos y de que en verdad me importa lo que digan y simplemente disfruto del momento en el que todas las voces y hasta mi corazón me dejan en paz.
Todo en calma, nada que se interponga entre el olvido y yo, me siento ligero, vacío, cada vez, cada día, cada latido estoy mas cerca de ser un fantasma y estoy seguro que cuando por fin todos se vayan podré estar en paz, hacer lo que se me plazca, ir a donde yo guste; como un espectro invisible pasearme por los lugares donde la gente ya no pasea, ir y venir siguiendo al viento como si fuera un errante trozo de papel.
Podría convertirme en viento a acurrucarme en las copas de los árboles, podría se nube y espiar a las aves en sus nidos o podría ser sombra y dormir todo el día sin esperar a la noche. Podría simplemente olvidarme de todo, de mi dignidad y falso orgullo o de mis mascaras y apariencias, podría ir y matar sin miedo a que alguien se decepcionara o acurrucarme en los brazos de alguna mujer anónima buscando algo de compasión. Podría colgarme de mi ventana y fingir que estoy dormido a sabiendas de que a nadie le importaría. Podría estar contento y orgulloso de dejar una tumba sin lapida y un entierro sin flores.
Podría ir y venir olvidado todo lo que se supone que aprendí, olvidado si tengo dudas, olvidado que hubo algunos amigos o un padre o una madre o un perro malagradecido. Podría olvidar que estoy vivo y simplemente quedarme bajo un árbol acostado sobre la hierba esperando hasta que olvide que estoy muerto y vuelva a caminar.
O algún día podría olvidar lo hermoso que es ser olvidado y podría simplemente recordarlo todo y esperar ser recordado y al ver que ya nadie lo hace podría en verdad doler toda la soledad a mí alrededor y podría llora e ir por las calles como un perro herido que se detiene de vez en cuando a lamer sus heridas y podría ser patético y humano, pero no hoy, hoy por alguna razón me olvido de todos ellos y de que en verdad me importa lo que digan y simplemente disfruto del momento en el que todas las voces y hasta mi corazón me dejan en paz.
24 jul 2009
?
Un día caluroso, sin nada que lo hiciera muy especial, sólo un día más.
Otra escuela, nada especial, llena de estudiantes que dicen ser algo especial; la escena sigue sin ser nada especial.
Por los pasillos va caminando otro alumno, tampoco es muy especial, solitario y aburrido, con las mismas aspiraciones que cualquier otro solitario: hacerse de una novia o cuando menos alguien que llene un hueco abierto justo en el medio de su ser. El tampoco es algo especial.
Sigue caminando por los pasillos y pasa de largo un grupo de cinco o seis figuras, figuras femeninas para su desgracia, figuras femeninas que sueltan al unísono una risilla, una risilla que lo hace acelerar el paso sin que el se de cuenta.
Va subiendo las escaleras y su mente ya ha comenzado a trabajar. Trabaja como si se tratara de un motor, con todos los engranajes corriendo a toda prisa y generando calor, un calor que le provoca un ligero dolor de cabeza. Sin duda su mente es un motor, salvo por el ruido ya que en lugar de manifestarse como un suave ronroneo se presenta como miles de voces, miles de respuestas a la pregunta ¿Hablaban de mi?
Las horas pasan y con ellas se van maestros, libretas, apuntes y bostezos. Todo se va menos la pregunta. Ahora las voces parecen coincidir en un sí, pero eso sólo lo hace preguntarse ¿Por qué? Intenta recordar las caras de aquel grupo pero encuentra algo más que caras, encuentra un aroma, un perfume, el de ella. Ella la que le había sonreído el jueves, quizá el viernes, el día no importaba, sólo importaba el hecho de que ella le hubiera dirigido una espontánea sonrisa. ¿Acaso le gustaba? Un ser extraño como él con aquella mujer. La mera idea le parecía tan maravillosa que por un momento fue hasta grotesca ¿Qué Cupido por fin se acordaba de este miserable? No lo sabía, preguntas como esa lo atormentaron todo el trayecto a casa y la insípida sopa no supo como responderlas.
Caminaba en círculos por la habitación, sin lograr responder ninguna pregunta. Le dolía lago la cabeza y pronto hubo sangre en su nariz. Tomó una pastilla y se acostó sobre el sillón. Todo se clarificaba y aunque no encontró ninguna respuesta si supo la manera de encontrarlas. Tomó el rifle de caza, la espada de colección y las llaves de un auto sin placas. Condujo hasta un lugar apartado de la ciudad donde la única propiedad que parecía tener vida era un rancho donde aquel grupo y unos cuantos celebraban una fiesta a la cual, como siempre, no había sido invitado.
Se quedó un rato lejos, observando, esperando a que un desprevenido se alejara lo suficiente. Era el atardecer y las nubes rojas estaban cediendo a las estrellas blancas su territorio. Pronto todo quedaría bajo el dominio de la noche.
La luna, al mando de la orquesta nocturna se vio benevolente y le ofreció un regalo: un pobre infeliz que buscando un poco de silencio para hacer una llamada telefónica había acabado justo al alcance del rifle. La llamada no duró mucho, cinco minutos a lo máximo, cinco minutos en donde no dijo nada especial; colgó u nunca más volvió a llamar. No pasó mucho para que alguien interesado en él fuera a buscarlo, tampoco paso mucho para que acabara junto a su búsqueda. La música vulgar a todo volumen ocultó el sonido de la pólvora, del plomo y de los cuerpos cayendo. Habían sido dos los muertos, una linda pareja que no duró lo suficiente como para amarse.
La música acabó y poco después todos quedaron abatidos. Ya era hora de que el acero se tiñera de rojo. La misma noche que le había prometido diversión y lujuria iba a tragárselos a todos.
Llegó sigiloso como un gato, se movió como un espectro sobre la hierba. Comenzó con las parejas, las que estaban abrazadas, las que ni siquiera habían acabado cuando ya habían caído dormidas, las que aún daban la impresión de amarse. Era sencillo, era rápido, era eficaz y silencioso, sólo levantaba la espada y la dejaba caer, escuchando la sinfonía de los grillos, el silbido del viento como una flauta, la carne cortarse y la sangre brotar y mezclarse. Cuando acabó con los amantes fue con las almas solitarias o menos afortunadas. Con ellos fue más creativo y uno por uno los mató sin mucha prisa, a pesar de que la noche envejecía rápido. Uno por uno la sangre subió hasta los cielos, una por una las cabezas golpearon la tierra, uno por uno los suspiros se extinguieron, uno por uno todos murieron. Ahora sólo quedaba un rostro intacto y vivo, un rostro que no se atrevió a tocar ni siquiera para despertarlo.
Amaneció y la tibieza del sol develó los crímenes de la noche. Amanecieron también sus ojos y presenciaron la masacre de la luna. Cuerpos destrozados, con las entrañas de fuera, con el costillar abierto; cabezas con expresiones distintas, a veces dolor, a veces algunas felicidad; miembros mutilados, amantes en una orgía de violencia que yacían sobre la tierra de color escarlata. Alzó la vista y vio aquella mancha en el sol. La mancha negra que tenía forma de un hombre sentado sobre una piedra, con una espada sobre los hombros y una mano sobre la espada. La sombra volteó a verla y el rostro que tenía era uno más que familiar.
-¿qué hiciste? Pregunto aterrorizada ella
-Eso es bastante obvio.
-pero ¿Por qué lo hiciste?
-¿Por qué? ¡Por quién! Lo hice por ti.
Otra escuela, nada especial, llena de estudiantes que dicen ser algo especial; la escena sigue sin ser nada especial.
Por los pasillos va caminando otro alumno, tampoco es muy especial, solitario y aburrido, con las mismas aspiraciones que cualquier otro solitario: hacerse de una novia o cuando menos alguien que llene un hueco abierto justo en el medio de su ser. El tampoco es algo especial.
Sigue caminando por los pasillos y pasa de largo un grupo de cinco o seis figuras, figuras femeninas para su desgracia, figuras femeninas que sueltan al unísono una risilla, una risilla que lo hace acelerar el paso sin que el se de cuenta.
Va subiendo las escaleras y su mente ya ha comenzado a trabajar. Trabaja como si se tratara de un motor, con todos los engranajes corriendo a toda prisa y generando calor, un calor que le provoca un ligero dolor de cabeza. Sin duda su mente es un motor, salvo por el ruido ya que en lugar de manifestarse como un suave ronroneo se presenta como miles de voces, miles de respuestas a la pregunta ¿Hablaban de mi?
Las horas pasan y con ellas se van maestros, libretas, apuntes y bostezos. Todo se va menos la pregunta. Ahora las voces parecen coincidir en un sí, pero eso sólo lo hace preguntarse ¿Por qué? Intenta recordar las caras de aquel grupo pero encuentra algo más que caras, encuentra un aroma, un perfume, el de ella. Ella la que le había sonreído el jueves, quizá el viernes, el día no importaba, sólo importaba el hecho de que ella le hubiera dirigido una espontánea sonrisa. ¿Acaso le gustaba? Un ser extraño como él con aquella mujer. La mera idea le parecía tan maravillosa que por un momento fue hasta grotesca ¿Qué Cupido por fin se acordaba de este miserable? No lo sabía, preguntas como esa lo atormentaron todo el trayecto a casa y la insípida sopa no supo como responderlas.
Caminaba en círculos por la habitación, sin lograr responder ninguna pregunta. Le dolía lago la cabeza y pronto hubo sangre en su nariz. Tomó una pastilla y se acostó sobre el sillón. Todo se clarificaba y aunque no encontró ninguna respuesta si supo la manera de encontrarlas. Tomó el rifle de caza, la espada de colección y las llaves de un auto sin placas. Condujo hasta un lugar apartado de la ciudad donde la única propiedad que parecía tener vida era un rancho donde aquel grupo y unos cuantos celebraban una fiesta a la cual, como siempre, no había sido invitado.
Se quedó un rato lejos, observando, esperando a que un desprevenido se alejara lo suficiente. Era el atardecer y las nubes rojas estaban cediendo a las estrellas blancas su territorio. Pronto todo quedaría bajo el dominio de la noche.
La luna, al mando de la orquesta nocturna se vio benevolente y le ofreció un regalo: un pobre infeliz que buscando un poco de silencio para hacer una llamada telefónica había acabado justo al alcance del rifle. La llamada no duró mucho, cinco minutos a lo máximo, cinco minutos en donde no dijo nada especial; colgó u nunca más volvió a llamar. No pasó mucho para que alguien interesado en él fuera a buscarlo, tampoco paso mucho para que acabara junto a su búsqueda. La música vulgar a todo volumen ocultó el sonido de la pólvora, del plomo y de los cuerpos cayendo. Habían sido dos los muertos, una linda pareja que no duró lo suficiente como para amarse.
La música acabó y poco después todos quedaron abatidos. Ya era hora de que el acero se tiñera de rojo. La misma noche que le había prometido diversión y lujuria iba a tragárselos a todos.
Llegó sigiloso como un gato, se movió como un espectro sobre la hierba. Comenzó con las parejas, las que estaban abrazadas, las que ni siquiera habían acabado cuando ya habían caído dormidas, las que aún daban la impresión de amarse. Era sencillo, era rápido, era eficaz y silencioso, sólo levantaba la espada y la dejaba caer, escuchando la sinfonía de los grillos, el silbido del viento como una flauta, la carne cortarse y la sangre brotar y mezclarse. Cuando acabó con los amantes fue con las almas solitarias o menos afortunadas. Con ellos fue más creativo y uno por uno los mató sin mucha prisa, a pesar de que la noche envejecía rápido. Uno por uno la sangre subió hasta los cielos, una por una las cabezas golpearon la tierra, uno por uno los suspiros se extinguieron, uno por uno todos murieron. Ahora sólo quedaba un rostro intacto y vivo, un rostro que no se atrevió a tocar ni siquiera para despertarlo.
Amaneció y la tibieza del sol develó los crímenes de la noche. Amanecieron también sus ojos y presenciaron la masacre de la luna. Cuerpos destrozados, con las entrañas de fuera, con el costillar abierto; cabezas con expresiones distintas, a veces dolor, a veces algunas felicidad; miembros mutilados, amantes en una orgía de violencia que yacían sobre la tierra de color escarlata. Alzó la vista y vio aquella mancha en el sol. La mancha negra que tenía forma de un hombre sentado sobre una piedra, con una espada sobre los hombros y una mano sobre la espada. La sombra volteó a verla y el rostro que tenía era uno más que familiar.
-¿qué hiciste? Pregunto aterrorizada ella
-Eso es bastante obvio.
-pero ¿Por qué lo hiciste?
-¿Por qué? ¡Por quién! Lo hice por ti.
16 jul 2009
Adiós
Era de noche, la ciudad se veía oscura, sin ninguna luz en el cielo aunque si varias en las calles: luces de automóviles, luces de prostíbulos, luces de bares y luces de detonación. Por las aceras llenas de nieve el invierno se hacía notar; era un invierno crudo donde el frío volvía al pavimento frágil como el cristal y obligaba a los habitantes de aquella ciudad perdida en el pecado a cubrir sus decadentes cuerpos.
Él se encontraba sentado en el callejón, recargado en la pared y absorto en su cigarro mientras recordaba lo mucho que detestaba a la ciudad y a su clima. Debía de estar cerca la navidad, lo notaba en el frío y en la falta de trabajo; a pesar de ser la ciudad que era los hipócritas de sus habitantes hacían las paces con la moral o al menos lo intentaban. Detestaba navidad, detestaba el frío y destetaba la ciudad.
Había nacido allí y la ciudad ya le había mostrado su feo rostro. Las calles eran ríos y los ríos estaban llenos de suciedad y amargura, y, cuando las coladeras ya no pudieran soportar más de aquella inmundicia todos sus habitantes, esas larvas hipócritas, saldrían a morir, y las prostitutas y los asesinos revolcándose por última vez en su mierda con olor a sexo y violencia mirarían arriba y gritarían: “sálvanos” y el miraría hacia abajo y diría “no”. Pero por lo pronto la sucia porquería seguía teniendo cabida en las cloacas y mientras eso siguiera así él tendría que trabajar para aquellos a quienes algún día negaría.
Tenía razón, se acercaba navidad y ahora sus, así llamados, compañeros se acercaban con un regalo, no para él, para ellos. Una mujer, no una de aquellas bestias que rondaban las calles con apariencia de dama pero con el único deseo de conseguir dinero, no, ella era distinta, ella era familiar pero ¿quién era?
Cuando la vio a los ojos lo comprendió, era aquella mujer con la que se despertaba, era la mujer de la cual estuvo enamorado tanto tiempo, cuando aun era joven, cuando aun tenia un poco de esperanzas, era aquella mujer con la cual no se atrevía a hablar y que ahora no se atrevería a salvar.
Vio con tristeza y con dolor como desgarraban sus ropas, como la dejaban como un animal, expuesta a la lluvia y al frío, como la golpeaban, como la tomaban del cabello y la violaban, dándose turnos, riéndose y contando bromas al mismo tiempo que la insultaban; vio como torturaban lo que quedaba de sus esperanzas, como rompían sus recuerdos y como acababan con la hermosura de lo que pudo ser. Durante todo el tiempo que ese espectáculo duró sostuvo su arma con firmeza, pero no se atrevió a sacarla, a veces pensó en llorar y en correr pero el miedo era más fuerte, al final pensó en escapar pero su cobardía seguía allí.
Acabaron y los bastardos se fueron, dejándola tirada, cubierta de inmundicia, con rencor en los ojos y con dolor como el único recuerdo que nunca se iría. Ya no había nada que pudiera hacer, pero se acercó a ella y la cubrió con su abrigo, la apretó fuerte en sus brazos y bajo la lluvia la acompaño hasta su auto. Condujo lo más lejos que pudo, a un lugar que ni siquiera el conocía, ya nada importaba. Constantemente la miraba de reojo, como solía hacerlo cuando estaba en la escuela, pero esta ya no era la escuela y ella ya no era la misma. El rostro antiguo, lleno de felicidad e inocencia, de frescura y vitalidad se había ido, ahora estaba aquella masa de piel con lagrimas en los pliegues, con terror en el rostro pero con odio en los ojos; esa ya no era la mujer que había amado.
Paró en un callejón apartado y desconocido, la saco del automóvil procurando no lastimarla, la tuvo que cargar porque ella no tenía fuerzas ni disposición para moverse, no soportaba verla reducida a ese estado tan lastimero. La puso en el piso y desenfundo su arma, quiso besarla por primera y última vez pero no se atrevió, pensó en su fantasía de limpiar la ciudad pero se dio cuenta de que era un cobarde. Fue ahí cuando empezó a llorar.
Aquel hombre duro lloraba, lloraba a montones y las cicatrices de su rostro servían como cauce para un río de sal. Las lágrimas mezcladas con la lluvia salpicaban el arma y con un beso de plomo en la sien le dio un metálico duro adiós.
Él se encontraba sentado en el callejón, recargado en la pared y absorto en su cigarro mientras recordaba lo mucho que detestaba a la ciudad y a su clima. Debía de estar cerca la navidad, lo notaba en el frío y en la falta de trabajo; a pesar de ser la ciudad que era los hipócritas de sus habitantes hacían las paces con la moral o al menos lo intentaban. Detestaba navidad, detestaba el frío y destetaba la ciudad.
Había nacido allí y la ciudad ya le había mostrado su feo rostro. Las calles eran ríos y los ríos estaban llenos de suciedad y amargura, y, cuando las coladeras ya no pudieran soportar más de aquella inmundicia todos sus habitantes, esas larvas hipócritas, saldrían a morir, y las prostitutas y los asesinos revolcándose por última vez en su mierda con olor a sexo y violencia mirarían arriba y gritarían: “sálvanos” y el miraría hacia abajo y diría “no”. Pero por lo pronto la sucia porquería seguía teniendo cabida en las cloacas y mientras eso siguiera así él tendría que trabajar para aquellos a quienes algún día negaría.
Tenía razón, se acercaba navidad y ahora sus, así llamados, compañeros se acercaban con un regalo, no para él, para ellos. Una mujer, no una de aquellas bestias que rondaban las calles con apariencia de dama pero con el único deseo de conseguir dinero, no, ella era distinta, ella era familiar pero ¿quién era?
Cuando la vio a los ojos lo comprendió, era aquella mujer con la que se despertaba, era la mujer de la cual estuvo enamorado tanto tiempo, cuando aun era joven, cuando aun tenia un poco de esperanzas, era aquella mujer con la cual no se atrevía a hablar y que ahora no se atrevería a salvar.
Vio con tristeza y con dolor como desgarraban sus ropas, como la dejaban como un animal, expuesta a la lluvia y al frío, como la golpeaban, como la tomaban del cabello y la violaban, dándose turnos, riéndose y contando bromas al mismo tiempo que la insultaban; vio como torturaban lo que quedaba de sus esperanzas, como rompían sus recuerdos y como acababan con la hermosura de lo que pudo ser. Durante todo el tiempo que ese espectáculo duró sostuvo su arma con firmeza, pero no se atrevió a sacarla, a veces pensó en llorar y en correr pero el miedo era más fuerte, al final pensó en escapar pero su cobardía seguía allí.
Acabaron y los bastardos se fueron, dejándola tirada, cubierta de inmundicia, con rencor en los ojos y con dolor como el único recuerdo que nunca se iría. Ya no había nada que pudiera hacer, pero se acercó a ella y la cubrió con su abrigo, la apretó fuerte en sus brazos y bajo la lluvia la acompaño hasta su auto. Condujo lo más lejos que pudo, a un lugar que ni siquiera el conocía, ya nada importaba. Constantemente la miraba de reojo, como solía hacerlo cuando estaba en la escuela, pero esta ya no era la escuela y ella ya no era la misma. El rostro antiguo, lleno de felicidad e inocencia, de frescura y vitalidad se había ido, ahora estaba aquella masa de piel con lagrimas en los pliegues, con terror en el rostro pero con odio en los ojos; esa ya no era la mujer que había amado.
Paró en un callejón apartado y desconocido, la saco del automóvil procurando no lastimarla, la tuvo que cargar porque ella no tenía fuerzas ni disposición para moverse, no soportaba verla reducida a ese estado tan lastimero. La puso en el piso y desenfundo su arma, quiso besarla por primera y última vez pero no se atrevió, pensó en su fantasía de limpiar la ciudad pero se dio cuenta de que era un cobarde. Fue ahí cuando empezó a llorar.
Aquel hombre duro lloraba, lloraba a montones y las cicatrices de su rostro servían como cauce para un río de sal. Las lágrimas mezcladas con la lluvia salpicaban el arma y con un beso de plomo en la sien le dio un metálico duro adiós.
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